Y es que ella era de las de verdad,
de las que se le erizaba la piel al rozarle
y le daban escalofríos al sentir tus piernas entrelazadas con las suyas.
De esas que se sonrojaba al mirarla fijamente
y pestañeaba al cogerle de la mano.
Porque era de esas chicas que te daba miedo que existieran,
porque no había nada más peligroso que tu mirada perdida en sus ojos
y tú,
y tú pensando en tu cuerpo abrazado al suyo.
Porque ella era de esas chicas que te daban miedo,
miedo de perderla tonta y no tan tontamente,
miedo de no seguir acumulando recuerdos,
de que esa piel tan dulce fuera de alguien que no eres tú,
y que tú fueras el imbécil que la dejó escapar.
Porque esa chica era de las que aparecía una noche
y te alegraba una y mil más,
de las que invitaban a quedarte entre sus brazos eternamente.
Porque era la mejor opción para un viernes de fiesta,
un sábado romántico
y una comida familiar el domingo.
Porque lo era todo,
o más bien lo es,
pero ya no es contigo.
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