Nos acostumbramos a lo fácil, a besar los labios de la primera cara bonita que se nos planta en frente y después nos creemos con el derecho de atribuir nuestro vacío a esas personas. Queremos algo de verdad pero dejamos de responder a mensajes que pueden llevar a una conversación normal, engañamos y nos creemos que la otra persona es ese poco que hemos visto en lugar de seguir descubriendo lo mejor de ella.
Nos quedamos en sonrisas fingidas, besos cuyo sabor no cambia, en salir a pasar el rato y nos perdemos lo mejor de los besos, de las personas. Un beso no se da, se roba, se saborea y se recuerda; e incluso el recuerdo es lo que mejor sabor de boca tiene.
Nos dedicamos a culpar al resto de que somos incapaces de querer, de que nos sintamos tan vacíos cuando los únicos culpables somos nosotros que vamos de valientes y nos come el miedo de que nuestra sonrisa dependa de alguien más.
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